sábado, 14 de septiembre de 2013

UNA NOCHE EN EL “BRONX”


Si quieres comprar el libro "AHORA O NUNCA- El Tiempo del Amor" de Mario Ospina, click aquí...
Nos fuimos a las 6:20 de la tarde, cuando en Bogotá comienza a oscurecer por ésta época, para que el día termine y se abra el espacio para el descanso de los cerca de nueve millones de habitantes que acá convivimos.

Saliendo de la Catedral Primada de Bogotá, comenzamos a desplazarnos en dirección a la Plaza de los Mártires. Éramos un grupo cercano a las cincuenta personas, entre hombres, mujeres y niños, que nos dispusimos a bajar por la calle décima, en sentido oriente a occidente.


La tarde caía y en el ambiente se sentía que sería una noche especial. El frio de la noche bogotana calaba nuestros cuerpos, se sentía hasta lo profundo de nuestros huesos, pero esto no sería impedimento para que lográramos nuestro objetivo.

De camino hacia la plaza, pasamos por pintorescas calles de nuestra ciudad, donde se aloja buena parte de la historia colombiana, empezando el recorrido por la sacristía de la catedral, donde fue cocinado el delicioso plato que sería objeto de este evento y que más allá de un caldo, era la intención de algunos servidores que preparaban su corazón, para llevar a cabo una de las mejores obras en que haya yo participado hasta ahora en mi vida…

El grupo era guiado por Mauricio, un generoso hombre que lleva a Dios en su corazón y en las entrañas de su hermosa esposa, a una pequeña bebé próxima a nacer. Se llamará María de los Ángeles, para felicidad de sus padres y en honor, me imagino, a la Santísima Madre….

Mediante su voz transmitida por un parlante, fuimos descendiendo por la calle décima hasta encontrarnos con la Plaza de Bolívar, donde nos encontramos con unos policías y soldados del ejercito quienes custodiaban el Congreso Nacional, debido a los antecedentes del día anterior, cuando la ciudad fue alborotada por la furia de unos manifestantes que se declaraban en Paro Nacional. Cualquiera hubiera pensado que no era un buen día para realizar nuestra actividad por tales hechos, pero cuando las obras son buenas y en procura de ayudar a las personas más necesitadas, no hay fechas, ni horarios, ni clima que impidan una buena iniciativa.

Nos fuimos rezando un Rosario, atravesando las calles antiguas de la Bogotá del pasado. En voz alta, la gente al oírnos pensaría que estábamos locos, o seguramente vería en nosotros un grupo de fanáticos más que se pasea por la gran ciudad. Pasamos por la Iglesia de San Ignacio de Loyola, después atravesamos la plaza de Bolívar, frente a la escultura de nuestro libertador, y atravesamos la carrera octava, donde hay una placa conmemorativa de los mártires de nuestra historia, como si premonitoriamente anunciara el destino de nuestra caminata y nos daba aviso del sacrificio hecho hace muchos años en aquel lugar: La Plaza de Los Mártires.

Seguimos nuestro recorrido y pasamos después al frente del palacio Liévano, de hermosa arquitectura con estilo de renacimiento Francés y que en épocas anteriores a su reconstrucción , fuera el Despacho de los Virreyes. Hoy en día funciona allí y desde el año 1910 la Alcaldía Mayor de Bogotá.

El grupo caminaba lentamente al ritmo de las oraciones. Varios hombres cargaban en pequeños montacargas manuales, unos recipientes blancos llenos de comida, los cuales eran aproximadamente unos ocho barriles, llenos de sabor, fuerza y amor para nuestros invitados.

Cuando íbamos de camino hacia el lugar , la tarde seguía cayendo y la temperatura bajaba. En ese momento un compañero me dijo: “Es increíble cómo cada vez que venimos, la noche se aclara. Hace luna llena o hace mucho viento y desaparecen las nubes del cielo, pero la noche se pone despejada y serena”. - Yo inmediatamente subí mis ojos para mirar al cielo, y así pude confirmar lo que él decía. Aunque no hubiera luna llena, la noche se veía clara y  abierta; la luz venía posiblemente del reflejo de los otros rincones de la ciudad y servía para alumbrar nuestro camino;  adicionalmente, aunque era una noche fría, las estrellas nos cobijaban de alguna manera para que el camino se sintiera cómodo. Hacía mucho viento, y con el, se fueron las nubes.

De cualquier manera, yo sentía que estábamos compartiendo lo que nuestros invitados viven a diario: ser los habitantes de la noche y de la calle!



Así fuimos avanzando en nuestro recorrido, pasando por el costado norte del parque Tercer Milenio hasta llegar a la Plaza de los Mártires atravesando una carrera décima peligrosa y llena de veloces buses.

La plaza de los Mártires nos recibía con su hermosa basílica menor llamada "El Voto Nacional", o la Iglesia del Sagrado Corazón como fondo, y al costado izquierdo la Dirección de Reclutamiento del Ejército, que en otra épocas fuera la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, también construida con inconfundible estilo francés. -Qué hermosa es la arquitectura antigua de la ciudad de Bogotá, y qué poco la apreciamos a veces…

Cuando llegamos a esta plaza, que tiene este nombre porque fue el lugar donde hace casi doscientos años ejecutaran a mártires de la patria como a Policarpa Salavarrieta, José María Carbonell y Jorge Tadeo Lozano entre otros, sentí una gran emoción el ver cómo decenas de hombres se apostaban al costado izquierdo, haciendo una fila ordenada, para recibir su taza de caldo caliente; al otro lado, el derecho y en menor cantidad, se organizaban las mujeres a la espera de su preciado regalo. Era una linda muestra de civismo que posiblemente muchos no podíamos imaginar anticipadamente.

Noté cómo las mujeres que se encontraban allí, padecían una condición de abandono más notoria que la de los hombres; no sé si mi percepción se debió a que por su fragilidad, sentí que deberían ser tratadas por todos nosotros con mayor contemplación. Pero lo que si me impresionó, fue ver cómo varias de ellas, a diferencia de los hombres, estaban descalzas, sin ninguna protección en sus pies, y en medio del frío de la calle, mostraban en sus dedos las cicatrices del mal andar por la vida. Algunas incluso con sus dedos lacerados y sus pies ensangrentados, curtidos por el paso del tiempo y la suciedad de las calles.


Llegar a este lugar le hace sentir a uno la otra cara de la ciudad. Ésta es una zona deprimida mejor conocida como “El Bronx”, donde se alojan presumiblemente los mayores problemas de la ciudad. Personas sumidas en vicios y en un total abandono, constituyen de éste, posiblemente, el lugar de mayor expendio de drogas de la ciudad.  Allí puede vivir la mayor población de indigentes, quienes han sido abandonados de toda clase de suerte, sin tener acceso a una buena alimentación ni buenas  oportunidades de vida; simplemente es el espacio que la ciudad les ha regalado, para que ellos se sientan como en su “mejor ambiente”, ya que son relegados por su condición. Allí seguramente, se pueden alojar muchos delincuentes, pero también las personas que se han quedado sin afecto, o que han tenido mala suerte en la vida. Personas que pueden estar pagando por los errores de otros, como sus padres o sus familias.

Es un ambiente hostil, supongo, o por lo menos es lo último que recuerdo de este lugar, cuando hace más de veinte años estuvimos allí con algunos amigos participando del último día de servicio militar que varios de ellos prestaron. Pero esta noche era diferente…

Contábamos con la colaboración de la policía y el ejercito, quienes a su vez se convertían en unos amigos más de nuestros invitados de esa noche. Se vivía, de esta manera, el ambiente de camaradería mas especial que haya yo sentido en momento alguno de mi vida. Todos éramos amigos, desde el policía, hasta el “habitante de la Calle”, pasando por nosotros, que siendo de diferentes edades, nos estábamos permitiendo volver a “sentir” y volver a lo “básico”.



Muchos de los que colaboramos no nos conocíamos, pero nuestras miradas se entrelazaban, para permitir así, una especial interlocución de lo que estábamos viviendo. Era la forma de compartir, desde un pan hasta un profundo sentimiento; todo era compartido en aquel lugar,  cualquier angustia, cualquier temor que rápidamente se fue ahuyentado de nuestros corazones, hasta la alegría de ver a alguien comer con hambre, valorando lo que tenía entre sus manos.

Una sola mirada que yo cruzaba con un compañero, me permitía sentir que nos decíamos: “Oye! Parece que algo esta saliendo bien!”; parece como si nos guiñábamos el ojo para decirnos: “Buena esa!! Te felicito! Están felices y eso lo estas logrando tu!”. La felicidad se nos notaba en la mirada.

Yo sentía que estaba en un lugar en paz, percibía como si fuera un momento en tregua en medio de una gran “guerra”; me sentía en un lugar donde se estaba abriendo un espacio para lo que habita en el corazón de todos los que estábamos allí.



Pobres mujeres y pobres hombres! La escena no se borra de mi mente, ni tampoco de mi corazón. Ver cómo llegaban con esa cara de alegría a recibir una taza de caldo con tanta emoción, me hicieron pensar en todas aquellas veces que me pude haber quejado porque en un restaurante no me gustó lo que me sirvieron; o en la casa, cuando no me hicieron mi plato favorito, o cuando se demoraron en traerme la comida a la mesa; o cuando no me gusto lo que había para comer esa noche. Pensé en cómo fue posible que yo no valorara más bien, que siempre hubo qué comer en mi casa… O que siempre esa mesa estuviera acompañada de familiares para compartir un pedazo de pan y una sopa, privilegio que no todos logran a diario.

Pensé en lo inconscientes que somos a veces cuando no valoramos lo que tenemos, lo que la vida nos ha regalado, como si fuera un derecho ganado, solamente porque nacimos en una familia con posibilidades económicas; pensé en lo afortunado que soy porque, tal vez, no tuve que pagar los errores del abandono, o los errores de las discordias entre los padres, o porque simplemente no nací en una zona de conflicto y fui obligado a huir y en esta huída hubiera podido perder el rumbo. O porque simplemente siempre tuve una persona al lado que me alertó cuando caía en las tentaciones de cualquier vicio.

Hemos corrido con buena suerte, porque cuántos hubiéramos podido caer en esta situación?  Pero siempre tuvimos a alguien que nos cerro ese camino, para nuestra salvación. Pensé también en todo el riesgo que se corre al caer ante las tentaciones de los vicios, del licor, del sexo, en fin, que se yo… de todo aquello que hace que las personas se pierdan y abandonen el rumbo, para convertirse en una carga de la sociedad.

Estando allí tuve la posibilidad de hablar con algunos de nuestros convidados y ofrecerles un abrazo, el cual, siempre fue bien recibido. -Espero haberles hecho sentir esa mano amiga, igual que la de mis compañeros que también lo hicieron.-  Pude notar en muchos de ellos, cómo hablaban de Dios; pude sentir, a pesar de sus condiciones, algo de su Fe.

Sé bien que muchos no dan ejemplo con sus vidas, pero cualquiera que estuviera en esas condiciones y hubiera "perdido su cabeza", podría ser capaz de hacer cualquier cosa por un pedazo de pan, así que no se puede juzgar. Lo único que me di cuenta es que cuando uno les da un poco de cariño, todo funciona diferente. Su corazón se abre; son amigables y cariñosos, inofensivos, amorosos, agradecidos, con nosotros y también con Dios. Muchos pronunciaron: Que Dios los bendiga! Y pensaba yo: Cuantas veces nos invitan a algo, y ni siquiera lo agradecemos?

Nunca vi tanto agradecimiento en un mismo lugar!

Pasaron muchas cosas esa noche. Conocí una mujer que en su juventud tuvo que ser muy linda, pues hoy todavía sus años dan muestra de la belleza de sus ojos y su cara. Ingeniera Química graduada de la Universidad Nacional, hablaba de su familia con mucha nostalgia, así el paso de los sufrimientos le hallan dejado huellas en su conciencia y su realismo fugado.

Conocí algunas personas, que posiblemente para su bienestar, han abandonado la realidad. Imaginan cosas, hablan solos, están en una condición que a cualquier luz, deberían estar en centros de recuperación o en hospitales brindándoles auxilio y bienestar. Conocí personas que estaban bajo los efectos de las drogas, y también del alcohol, personas traumatizadas por la soledad, personas en silencio, mudas seguramente por todo lo que les ha tocado ver en sus vidas y posiblemente porque ya nadie les responde a un llamado; personas incrédulas de lo que estaba pasando; personas incapacitadas físicamente; personas sin un ojo, personas cojas, personas sin abrigo, personas lastimadas en sus brazos y en sus piernas, pero todas unidas por algo en común: ser personas sin cariño de verdad.

Personas dejadas a su suerte, con su mirada marcada por el desconsuelo y el abandono. Reflejaban en sus ojos el dolor generado por el hambre y la soledad.

Cuánta misericordia puede haber en un lugar así? Dios mío, ahora comprendo por qué Jesús hizo tantas obras en la mitad de estas situaciones, y escogió a los más necesitados para hacerles sentir el poder de su amor…!


En un momento de la noche, un hombre que pasó por allí, se quedo sin su taza de comida, porque estaba en una condición física lamentable. Prefirió abandonar el lugar, antes de recibir la ayuda que cualquiera de nosotros le tendería. Al darnos cuenta de esto, con unos compañeros, dos mujeres, y otro hombre, nos fuimos tras de el. Queríamos que sintiera que también él estaba invitado, pero sobretodo que sintiera que era bien recibido y que él era parte de nuestra atención, así que lo alcanzamos en la esquina norte donde termina la plaza. Caminaba lento, cojeaba con su maltrecha pierna derecha; cuando llegamos a su lado, dio media vuelta y con su cara triste, golpeado en un costado de su rostro, nos contó que la noche anterior, el día del paro nacional, había recibido una fuerte golpiza en su ojo derecho, el único que le quedaba, pues su ojo izquierdo ya no existía en su cara. Que todavía tenía mucho dolor en todo el cuerpo…. Que doloroso!...  Cogió su taza de caldo con las dos manos, y con una cálida sonrisa, nos dio las gracias, y comenzó a comer con tanta humildad, que logró sacar una lágrima de mis ojos.


Hoy creo que ha sido una labor muy enriquecedora, y lo más extraño de todo y que uno nunca se imagina, es que los más regalados esa noche fuimos nosotros mismos, los colaboradores. No solo ellos, que recibieron una taza de caldo y que tanta falta les hacía, sino nosotros los que fuimos al encuentro de la realidad y del dolor.

Sin darme cuenta, esa noche estaba llenando mi corazón de un gozo muy especial. No importaba que tuviera que dejar de ver el partido de mi club del alma, Millonarios. Es más, sentí que mientras más sacrificio, mejor aún! No importaba el frio ni lo lejos que tuviéramos que ir, porque lo que estaba notando, era que mi corazón se estaba llenando de un gozo total; mi alma estaba sintiendo algo que nunca había sentido, mi vida estaba teniendo un sentido diferente en  ese momento, porque realmente ellos me estaban regalando a mi, algo más grande, y era poderme mostrar la realidad como yo no la conocía. Me estaban abriendo sus manos para recibir algo de nosotros, y me estaban extendiendo sus brazos, para decirme gracias y para aceptar lo que yo les estaba dando, lo que yo les estaba ofreciendo.

En otros lugares quedaron los miedos y el rechazo que en algún momento sentí por alguien así. En otro lugar quedó la predisposición que algún día sentí frente a la realidad, porque ese día, todo era paz, todo era tregua, todo era amor.

En otro lugar quedó la imposibilidad de actuar y el ser indiferente ante el dolor de las personas. Ellos me enseñaron que cuando se quiere, se puede…; que siempre hay una parte del corazón que se abrirá para recibir, para aceptar; y otra parte se abrirá para dar. Que siempre habrá un espacio para la reconciliación y sobre todo, para entender que todos somos iguales y que lo único que nos diferencia es la suerte que corremos algunos y que muchas veces se nos olvida agradecer.

Me hicieron comprender que la vida está más allá del sitio donde habitualmente vivo, sin darme cuenta rompieron sutilmente la burbuja de cristal en la que siempre he vivido, para con mis ojos, poder ver algo que me he venido dando cuenta: que ante los ojos de Dios todos somos iguales. Y me hicieron comprender que el amor puede ser lo que más nos une, más allá de lo que la envidia y la indiferencia nos separa. Me hicieron vivir por primera vez, en un espacio de mi corazón que yo no conocía y me hicieron comprender que todos estamos unidos por ese mismo espacio del corazón.


Tengo un gozo que es inexplicable; desde ese día comprendí que la vida tiene que ser diferente.

Creo que ésta debería ser una actividad que todos realizáramos. Propondría incluso que la hiciéramos a nivel personal, pero ojalá también a nivel empresarial. Que las empresas promovieran este tipo de actividades, que tanto le aportan al alma, para crear conciencia en nuestras vidas. Seguro que cualquiera que allí vaya, aprendería a valorar mucho más lo que tiene y lo que come; aprendería a valorar mucho más su trabajo, sus compañeros de trabajo y de estudio; valoraría mucho mas a sus padres, a sus hermanos, a sus hijos y a sus amigos. Valoraría más sus capacidades y virtudes. Valoraría lo que se le ha dado y podría ver con una óptica diferente sus problemas y sus dolores.

Cualquiera que vaya donde la realidad golpea más fuerte, aprendería a reconocer que la vida es diferente y seguramente, que todos tenemos una obligación social con alguien, conocido o desconocido.

No será mejor tenderle la mano a quien más lo necesita? A quien más alejado está de nosotros? Tender la mano sin saber quien es? Tenderle la mano a quien uno ama seguramente es más fácil, pero hacerlo con quien uno menos quiere, no generará aun mayores beneficios? Cuando se hace con alguien que tu no conoces, ni su condición, estarás posiblemente sembrando una semilla que de frutos para toda la vida!

Porque estoy aprendiendo con esta enfermedad, que todo en la vida funciona así: Entre más das, más se abre tu corazón. Y entre más abierto el corazón, más listo estarás para recibir todos los regalos que la vida tiene para ti!...  Por eso me he venido mejorando!


Nota: Que nadie, nunca más, se sienta menos por nuestra culpa. Ojalá pudiéramos hacerlas sentir más y mejores personas!

https://www.facebook.com/pages/El-Caldo/477529432257191
EL CALDO

mario.ospina.334@facebook.com
Si quieres comprar el libro "AHORA O NUNCA- El Tiempo del Amor" de Mario Ospina, click aquí...